Amor en Shangay

Trabajo y más trabajo, decir que sí a todo y no parar es lo que llevo haciendo desde noviembre del año pasado. Muchos días termino agotado, pero sabiendo que he vivido, que he aprovechado, que he exprimido el día venciendo a la pereza de acomodarse. Acomodarse y no buscar, no cambiar, no mover el culo. Cambios que van a continuar este mes, y para mejor.

David Amor para Shangay

Ahora estoy reconociendo los límites: ya no sé cuántas veces he dicho que no por haber dicho sí anteriormente. No se puede abarcar todo, y poco a poco subo mi marca personal de contratos abandonados.

Junto con esa pequeña sensación de arrepentimiento llegan también las recompensas. Todas igual de valiosas, pero la de hoy, ver mi nombre en la revista Shangay, me gusta especialmente. No solo porque como maquillador supone un escaloncito más alto, o porque me ha permitido conocer a estupendos profesionales, más bien por el lazo emocional que me une a esta revista. Porque Shangay ha sido, durante más de diecisiete años, un contacto continuo con un mundo gay despreocupado, algo frívolo a veces, un faro que iluminaba un entorno compartido, relajado. Un ambiente del que he entrado y salido, que en ocasiones he sentido más cerca y otras más lejos, pero que siempre ha estado ahí. La costumbre de llevarme a casa la revista y desgranarla con detalle es tan mía como peinarme todas las mañanas. Igual que forma parte de mí, se ha hecho hueco en la vida de muchos otros, con portadas míticas, con divas, con celebraciones, músicos… informando, creando opinión,  ofreciendo consejos o guía, sugerencias estéticas o satisfaciendo al fan. Acompañando. Por eso estoy tan orgulloso de ver mi nombre AHÍ.

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Un abrazo, mis fantasmas.

de visitas y youtubers…

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El debate sobre la nueva fama es caduco. La polémica sobre la calidad moral de vender las propias miserias, también. Incluso la sorpresa por ver la cantidad de visionados que tienen estos  nativos digitales cuyo único contenido es su vida, se disipa cuando comprobamos las audiencias de programas como SálvameGH o HMyV. Un debate yermo sobre el que no discutiré porque el éxito de los videobloggers se ha convertido, no ya en una tendencia, sino en una realidad incontestable.

Me interesa todo aquello que va más allá de editar, con mayor o menor pericia, un soliloquio sobre una lista curiosa hallada en internet o un instagram lleno de selfies. Me gustan los tutoriales, que ofrecen información útil, o belleza, o ambas (Oscar Wilde decía que “todo arte es completamente inútil”). La ficción, la creación de un personaje, mejor o peor llevado, el sarcasmo. Valoro a las personas que aportan contenido, aquellos que podemos llamar creadores o artistas. Tanto en internet como en la vida real. No entiendo el sentido de monetizar la aparente vida privada o la necesidad de responder ciertas preguntas al respecto. Y si alguna vez lo llego a entender, espero que sí, el siguiente paso será comprender, averiguar, por qué genera tanto interés.

¿Alguien se ha parado a analizar la paradoja que supone ese mensaje? Porque ellos afirman sus ideales sobre ser uno mismo, luchar por lo que quieres y conseguir tus sueños. Pero el mensaje real, o al menos, el que yo veo, es más inquietante. No solo porque alimente un culto al ego que se ha enquistado para siempre en nuestra sociedad, también porque otorga la idea equivocada de que mereces atención y privilegios sin hacer ningún esfuerzo, una recompensa que llegará cuando, sencillamente, te molestes en grabar y compartir tu vida. Mereces la fama, o una retribución económica, por el simple hecho de existir. Eso es precisamente lo que me parece peligroso. ¿Qué opináis vosotros?

Un abrazo, mis fantasmas.

Descubro a Nader

Me presentaron a Nader Sharaf hace poco, y poder charlar con él brevemente nos llevó a los peligros de ser autónomo, al riesgo del quizá, mal llamado, emprendedor. Una primera conversación algo mundana, agradable, de ir acercándose con cuidado al otro, sin ánimo de molestar. Tal vez, una conversación de no tener que dar explicaciones.

No conocía el trabajo de Nader, y ha sido uno de esos casuales descubrimientos que despiertan una sonrisa callada.

Naturofilia Moderada 4, de Nader Sharaf

Naturofilia Moderada 4, de Nader Sharaf

Hay mucha poética en las imágenes que nos ofrece. Mucho sentimiento tranquilo, algo de surrealismo pop, una gota de melancolía, una pizca de crítica y bastante simbolismo. Dice él:

“Hay demasiadas ideas, objetos y gente, demasiadas direcciones que tomar. Empecé a dibujar porque me apasiona y apasionarse por algo es la forma de esculpir el mundo a un tamaño más manejable.”

Hablaba Jung del inconsciente colectivo, y cómo el arte hereda esa historia psicológica de la humanidad. Creo que las ilustraciones de Nader capturan, en cierto modo, esos arquetipos, parte de esa historia, de una manera muy actual. Un arte aparentemente ligero que no lo es tanto: algo despierta al admirar los colores quebrados y las líneas limpias. Ese es el arte que me gusta, el que plantea interrogantes, el que hace preguntarse a uno mismo, el que toca la fibra. El que hereda, destila los miedos de una generación, sugiere los riesgos de elegir un futuro u otro. Tal vez, pienso, esa primera conversación con Nader no fue tan mundana.

Un abrazo, mis fantasmas.

Amores minúsculos

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Amores minúsculos es una obra que se desdobla en dos repartos de seis personas cada uno. Qué cantidad de gente. Y de personajes. Es difícil, claro, no sentirse identificado con alguno de ellos, o con alguna parte de ellos, en esta obra que resulta ser la adaptación de un cómic homónimo de Alfonso Casas. Esa empatía con el espectador debe ser la razón de su éxito: temporada prorrogada, salto de Nave 73 al Off del Lara… eso y un buen trabajo actoral y de dirección.

Acudí a la función en Nave 73, un gran espacio escénico con unas gradas que son una auténtica tortura, a ver el reparto llamado “frenesí“. Y sí, me gustó la obra. Sin embargo, me da la impresión de que algunos personajes se quedan un poco planos, como el ilustrador de Guillermo Barrientos o el escritor interpretado por Pablo Castañón. Tal vez, el hecho de que sean retazos minúsculos de vida impide un mejor desarrollo de las aristas y contradicciones de los protagonistas. También me ocurre con el personaje al que da vida con maestría Javier Martínez, a pesar de ser un cliché, se queda corto. Me deja con ganas de más, de ver esa parte oscura, ese tránsito que se queda en elipsis. De estos retazos salen ganando los que tal vez sean los personajes más extremos: la obsesiva que nos regala Celia Arias y el atractivo, pedante,  it boy de Héctor González. Mención especial, por cierto, a la preciosa voz y trabajo de Miriam Juanes.

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Javier Martínez via hoyenlacity.com

Termino compartiendo una sensación que para algunos será un piropo y para otros no: todo el tiempo me parecía estar viendo una serie española de televisión. Tres razones: el patrocinio de El Armario de la Tele, la insultante belleza, delgadez y juventud de todos los repartos, y los semidesnudos gratuitos e infundados.

Un abrazo, mis fantasmas.

Dos semanas

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Esta mañana estaba maquillando a una madre y una hija amantes del teatro y me decían que solo buscaban comedias porque “nunca nos apetece ver dramas“. Las entiendo.

Lo fácil, para entrar con más probabilidades en cualquier programación, es proponer una comedia ligera. Lo fácil, en Microteatro, es presentar una comedia para no arruinar el ambiente festivo de los sábados por la noche. Lo fácil, también como espectador, es elegir entretenernos con una comedia que ayude a desconectar. Que nos haga olvidar algo que tenemos ahí pero que no queremos ver. Al menos, no un sábado por la noche.

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Ojo, que no digo que escribir o interpretar comedia sea sencillo. Simplemente, el público siempre está más predispuesto a reírse. Sin embargo, va César F. Calvillo y propone un drama titulado “Dos semanas”. Y toca la fibra del ambiente en el que estamos metidos, de una realidad que asfixia y agobia, que entristece. Lo fácil es escuchar un chiste que dura tres minutos, y luego otro. Lo fácil es acomodarse en la carcajada rápida. ¿Cómo vas a entrar en ese silencio tenso que provoca el drama, cómo vas a recordar eso que no querías ver, en menos de quince minutos? Pues en Dos semanas se consigue. Gracias al libreto, al reducido espacio, muy bien aprovechado por el autor, y cómo no, gracias a los actores. Un Antonio M. M. que es un completo acierto de reparto, una Eva Velasco fundamental en su micropapel, y un Xavi Fontana protagonista con el que, evidentemente, no puedo ser imparcial. Pero sí os puedo asegurar lo contento que termina tras todos los pases llenos, contándome que “hoy tres chicas han salido llorando de la emoción”. Esa emoción, eso que tenemos ahí, y a veces no queremos ver.

Podéis asistir a los pases de Dos semanas los miércoles a partir de las once y los sábados de octubre a partir de las diez y media, en Microteatro por dinero (c/Loreto y Chicote, 9).

Un abrazo, mis fantasmas.

Smiley

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Uno comprende muy bien el éxito que ha ido escalando Smiley desde su estreno en Barcelona y que continúa su camino estos días en el Teatro Lara. Tenía muchísimas ganas de verla, de conocer sus personajes y sobretodo su texto, y no me decepcionó. A juzgar por los llenos que están teniendo, no debo ser el único.

El texto es genial. Tiene un ritmo perfecto, es inteligente, deja a los personajes andar a sus anchas y los desarrolla sin complejos. Tira de tópicos, pero bien presentados o con diferentes puntos de vista. No trata al espectador como a un tonto o un ignorante… salvo cuando es heterosexual. Pero incluso en esas explicaciones del ambiente, el humor llena con acierto esa pequeña distracción de la trama principal. Guillem Clua escribe con habilidad. Admirable, envidiable. Y me sigo arrepintiendo (cómo siempre que no se hace algo) de no haber dicho “Enhorabuena, señor Clua” cuando le vi salir. Que sí, que está twitter. Pero no es lo mismo.

Igual que no es lo mismo un texto sin sus actores. Aitor Merino como Bruno, correcto, rápido, a veces distraído con el tono, pero resuelto.

Y luego está Ramón Pujol. Que ESTÁ. Así, en mayúsculas. Qué actorazo. Qué de portadas se merece este chico. Supongo que el bagaje de sus representaciones en Barcelona le ayudará, pero no puedo imaginarme una interpretación más perfecta. No sólo por el incontestable físico, sino por toda la experiencia, cariño, empeño y profesionalidad que pone en su trabajo, desplegando un personaje que emociona desde ese grandísimo primer monólogo, que conquista, que hace parecer todo fluido, orgánico, natural. Que convierte en fácil lo difícil, y que se traduce en una ternura y una gracia que ya veía cuando empezó a pasear Madrid con su entrañable Ernesto de Doctor Mateo. Con lo que deduzco que esa ternura es la verdadera, la propia de Ramon. Y cuando se interpreta un personaje desde el verdadero yo, solo se puede terminar de una manera: escuchando aplausos. A Ramon solo me quedó decirle: “sigue comiéndote el mundo, pelirrojo“.

Un abrazo, mis fantasmas.

Indigno

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Leo una entrevista con Jesús Castro, protagonista de “El Niño”, y no dejo de sentir cierta inquietud a medida que descubro frases como “Fui [al casting] para perder las dos últimas horas de clase”. No me indigno porque un chaval de 21 años quiera saltarse clase con cualquier excusa, esto es tan común, en cualquier época, que no merece la pena ni resaltarlo. Tampoco porque hayan elegido a un desconocido sin formación actoral ni experiencia interpretativa: si encaja en el papel, y lo hace bien, estaré encantado de ver una cara nueva en pantalla. Con una tasa de paro juvenil del 53%, resulta casi una obligación social.

Pero si hay algo que me preocupa, más allá de la fama rápida que se traduce de estas entrevistas y que convierte a jóvenes parados en carne fácil para pensar que lo único que han de hacer es ir un casting para tener la vida resuelta, es el mensaje contradictorio que se está enviando.

Tengo cerca a muchos actores o actrices que se esfuerzan cada día para conseguir trabajo. Y ese esfuerzo es muy, muy grande, y devastador, y consume psicológicamente. Requiere constancia, paciencia, y un control de las emociones y el ego para el que casi nadie está preparado. A un casting se va con el texto trabajado, con objetivos y sin excusas. Fijaos si requiere preparación, que existen lujosos cursos de fin de semana dedicados únicamente a eso, a aconsejar  cómo preparar currículum, fotos, videobook, web, cómo dirigirse a representantes, oferta de trabajo… Cursos impartidos, y bien cobrados, por esas mismas directoras de casting que, en alguna ocasión, escogen a un Jesús Castro que no ha seguido absolutamente ninguno de esos consejos.

Y ese es el mensaje peligroso, queridas Eva Leira y Yolanda Serrano. Que vuestros cursos, vuestra formación, son una auténtica tomadura de pelo. Y no sé si esto devalúa la profesión o no, pero desde luego, es tirarse piedras contra vuestro propio tejado.

Un abrazo, mis fantasmas.